XI El horcón maldito

Hace muchos años un amigo llamado Genaro me invitó a cenar en casa de sus padres, un apartamento sencillo. Hechas las presentaciones de rigor, nos dirigimos a una cocina grande que también hacia las veces de comedor, distribución habitual en aquellos años. Mientras nos disponíamos a sentarnos entorno a la mesa, algo llamo poderosamente mi atención. Sujetos a la pared se encontraban una hoz y cruzado sobre esta un palo, que se abría en su parte posterior en dos púas encorvadas. Todo en una pieza de madera dúctil. Sin duda era un apero de labranza tipo al bieldo o a la horca. Con la curiosidad y el descaro propios de la juventud pregunté a Quico, que así se llamaba al padre, cual era aquel utensilio. Me respondió que se denominaba horcón y se usaba para recoger las gavillas de cereales, la paja o la hierba, con las dos puntas. Al momento volví a inquirir sobre el significado que tenían aquellos dos instrumentos, que por su disposición imitaban la simbología comunista. En hombre durante algunos segundos dudó, yo tuve la sensación de haber metido la pata y preguntado lo que no debía. Tras un momento de zozobra, rebuscó en el baúl de sus recuerdos mejor escondidos, y entre trozos de chorizo y morcilla regados con clarete, Quico “el rojo”, como afirmó le conocían en su pueblo natal Villanueva del Grillo, fue desgranando el relato de unos hechos acontecidos muchos años antes:

“Una tarde de primavera llegaron los dos hijos de la Escuela, cada uno por su parte, con caras de pocos amigos; nada especial, es sabido que los chavales riñen por cualquier tontería y luego se amigan. Cuando nos sentamos a cenar noté que los dos estaban tensos. Francisco, el mayor, miraba con fijeza al plato evitando encontrar la mirada de su hermano Genaro, quien escondía la mano derecha debajo de la mesa. Este último, con idéntica actitud, sin levantar la vista del plato, mal se apañaba para comer con la izquierda. Yo no quería entrar en juicios; los pleitos entre muchachos se convierten en una espiral de sinrazones de la que solo puedes sacar dolor de cabeza, por lo que evité preguntar. Intenté mediar para conseguir que hiciesen las paces, pero fue en vano. Pedí al pequeño que colocase la mano encima de la mesa y contemplé que estaba totalmente roja, casi en carne viva, solo con verla me dolieron hasta las mías. El asunto era muy serio y pedí explicación de lo ocurrido. Genaro dijo que el mayor le había pegado en la Escuela, a lo que rápidamente respondió Francisco, alegando que fue por orden del Sr. Cura, y que la culpa no era suya, sino de su hermano por no saber el catecismo. Poco a poco fue saliendo la verdad. Todos sabíamos que el Cura era un fiel seguidor de la pedagogía de “la letra con sangre entra” y aquella tarde se le cansó la muñeca de repartir palos entre los alumnos de la Escuela. Cuando esto ocurrió, no tuvo mejor idea, que darle el palo a Francisco, con instrucción de que le fuese arreando a su hermano cada vez que fallase alguno de los diez mandamientos. Ante la amenaza del palo el pequeño se puso nervioso, no dando pie con bola; un poco mas y le desolla la mano.”
Llegado a este punto Quico hizo una pausa, su rostro reflejaba el dolor y la rabia que le producían lo que estaba contando. Al observar que ni respirábamos en espera del desenlace, continuó:

“Según fui entendiendo lo ocurrido, la ira me fue inundando hasta que rebosó. No pude continuar cenando, me levante de la mesa y baje al establo, cogí ese horcón y salí a la puerta de la casa. Sabía que aquel cabrón pasaba todas las tardes por allí al anochecer para recogerse, una vez dado el paseo vespertino. También lo hizo aquel día. Cuando estuvo a la altura de mi casa, tomé el horcón con las dos manos y enfilé a por él. Con suerte bien calculada, su cuello quedó atrapado entre las púas del horcón y casi al vuelo le introduje en la cuadra, acabando por apoyarle contra las pacas de forraje apiladas.
Recuerdo con exactitud las palabras que le dije:
- Si existe el diablo, llevará sotana como tú, porque solo a un cabrón con cuernos y rabo se le ocurre enfrentar a dos hermanos.
Agarrado con las dos manos a las dos púas del horcón, intentaba que no lo ahogase, mientras suplicaba:
- ¡Déjame por Dios!, ¡Déjame!
Le acabé dejando, no se si por Dios o porque no valgo para matar a nadie, cuando noté que había hecho aguas. Pero antes, tomando en la mano izquierda un puñado de centeno que había en un comedero del ganado, le dejé las cosas claras:
- Juro que si vuelves a enfrentar a mis hijos o si un día les haces daño, te doy mas hostias que granos tengo en la mano”.

Cuando acabó el relato, los cuatro que compartíamos la mesa nos quedamos mudos, en silencio total. Quico, contemplaba el horcón como si de un objeto de veneración se tratase. Mi compañero, con lágrimas contenidas, quedó mirando fijamente su mano derecha. Yo, mientras admiraba las arrugas de aquel castellano cabal, tuve la sensación de que Genaro solo conocía la primera parte de esta historia de la que fue protagonista. Finalmente Maria, esposa y madre, quien siempre sufrió en silencio los hechos, se atrevió a romperlo:
“Luego empezaron a venir las visitas de la Guardia Civil, todos los domingos y festivos pasaban por nuestra casa a la hora de misa. Cada día nos llovía una multa so pretexto de que estábamos trabajando en fiesta de guardar. Si estábamos cogiendo algo en la huerta para comer, estábamos trabajando; si contemplábamos el ganado, lo estábamos cuidando, también era trabajo; si mi marido no estaba en casa y yo estaba haciendo la comida o lavando, mas trabajo. Cuando acudimos al Ayuntamiento por razón de papeles no nos atendieron, parece que alguien dispuso que nos hicieran la vida imposible. Hasta el acalde pedáneo del pueblo, una buena persona, nos aconsejó que nos marchásemos a vivir a otro lugar”.
Quico retomó las riendas del relato:
“Antes de empezar la cosecha apareció por el pueblo un buen amigo de antaño. Enterado de nuestra persecución, me dijo que en una fábrica de la capital buscaban obreros y que la única referencia válida era que fuesen trabajadores, nadie preguntaría más. Me vine yo solo, a los dos meses supe que saldríamos adelante y volví a recoger la familia; no quise hacer la cosecha, a punto de perderse la mal vendí a un vecino. Años después volvimos al pueblo para vender la casa y las fincas, así obtuvimos algún dinero que nos ayudó para comprar este piso. El día que entregué las llaves de la vieja casa, solo recogí la hoz y el horcón. Este horcón maldito por el que me tuve que marchar del pueblo…”.
María cortó la frase, sin dejarle terminar:
“Por ese bendito horcón abandonamos el pueblo, hemos tenido una vivienda con agua en lugar de ir a la fuente, dejé de lavar a mano y tuve una lavadora, dejamos las cuadras para los animales y tuvimos una casa con retrete, dejaste de trabajar de sol a sol para acabar trabajando solo ocho horas.
¿Recuerdas que recién llegado te daba risa trabajar solo diez horas al día?”.

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